Me despierto antes que tú.
Aún con los ojos medio cerrados, lo primero que veo es ese lunar.
Siempre el mismo. El que conozco de memoria. Me acerco sin pensar, como si fuera un gesto aprendido antes que el lenguaje, y lo beso. No para despertarte. Solo porque está ahí.
Hay algo en ese punto exacto —imperfecto, pequeño, tan tuyo— que me recuerda que todo lo importante empieza así: sin avisar, sin corregir, sin pedir permiso.